Sábado 02 de Agosto de 2008
De entre las infinitas formas de vivir el fútbol la más fascinante es sin duda comprobar cómo lo disfrutan los niños, capaces de imitar solamente aquellas facetas del fútbol de alta competición que son nobles, formativas, cívicas y sobre todo divertidas.
Apenas a cien metros de donde el Barça realizó en Chicago su primer entrenamiento en la Universidad de Illinois, dentro del mismo campus, niños de entre 5 y 10 años disputaban su propio mundial ajenos a que uno de los mejores equipos del planeta, seguramente el más mediático, jugaba como ellos al balón a un paso.
Se trata de niños y niñas que seguramente no tendrán ningún futuro brillante en el fútbol, pero a quienes hoy sus padres se los llevan a estas 'colonias' los martes y los jueves. Lo hacen porque "así no están en la calle", es un rato del día con otra realidad muy distinta a la de sus barrios y calles. Cada padre o colaborador se apunta a un cometido, sea de entrenador o de árbitro, y los niños también eligen su selección, Brasil, España, México -sobre todo México- y ellos se compran los uniformes, se organizan a su modo y disputan un pequeño torneo mientras el sol no acaba de caer, perezoso, en la calurosa tarde veraniega de Chicago. Juegan por el placer de pasar la tarde, niños en su mayoría de origen étnico no norteamericano, integrando equipos mixtos que no tienen desde luego ni entorno ni problemas de disciplina en el vestuario ni tampoco pecados de autocomplacencia. Es un fútbol espontáneo, libre, callejero hasta cierto punto, y desde luego en estado puro. No se sabría con exactitud a quién recomendarle una visita guiada, si a los niños para que conocieran a los cracks del Barça o a las figuras azulgrana para que recordaran, viéndolos tan ingenuos y felices, cómo fueron sus inicios, también infantiles e inolvidables
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