Miércoles 30 de Julio de 2008
De 1948 a 1972, el ajedrez sólo conoció campeones del mundo soviéticos. El coto lo resquebrajó un norteamericano nacido en Chicago 29 años antes. Bobby Fischer cultivó una de las personalidades más controvertidas del deporte a partir de un triunfo en Islandia que dibujó un final metafórico de la guerra fría entre las dos potencias. Su duelo ante Boris Spassky, hace hoy casi 33 años, fue un torpedo en la línea de flotación del ajedrez soviético, el fin de una hegemonía y el inicio del breve reinado de un genio que poco después se escondió del mundo.
Fischer puso en el mapa a Reykyavik, la sede de aquel Mundial y hoy su destino salvador. Pero no fue fácil llevarle a Islandia: su carácter exigente y extravagante puso condiciones. Quería 125.000 dólares y el veto a la televisión durante las partidas con Spassky.La mediación de Henry Kissinger aflojó el billetero del promotor y el Mundial comenzó el 11 de julio de 1972, nueve días después de lo previsto. El americano, para hacer justicia a su carácter imprevisible, llegó siete minutos tarde.
Jamás antes había logrado vencera surival soviético –tres derrotas y dos tablas–, pero Fischer le dio la vuelta a la historia y ganó el título tras 21 maravillosas partidas. El 1 de septiembre de 1972, tras la rendición por teléfono de Spasskyen el último juego, se ciñó la corona de las 64 casillas. Fueunrey breve. Tres años después, la FIDE le obligaba a defender su título ante el mejor soviético de la nueva hornada, Anatoly Karpov. Fischer renunció a jugar porque, como tantas veces, las cosas no se hacían como él quería. Pidió un Mundial al mejor de diez victorias, y en el que el 9-9 le diese el título a él, lo que significaba que Karpov, para ser campeón, debía ganar dos partidas más que Fischer. La FIDE no tragó y fue desposeído de su corona al negarse a jugar. Desapareció del mapa hasta que Spassky, Yugoslavia y el desamor con su país se cruzaron en su camino en 1992.
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